PRONUNCIAMIENTO

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El 27 de junio del 2017 las Fuerzas Armadas de Revolucionarias de Colombia-FARC dejarían de estar armadas. El país vio, con un sorprendente desdén, como se concluía un proceso en el que miles de guerrilleros entregaron sus armas individuales a las Naciones Unidas. Sin duda alguna, para el pueblo afrocolombiano esta noticia tiene una transcendental importancia, ya que como ningún otro pueblo en Colombia ha sufrido los efectos del conflicto. Recordemos que la corte constitucional sostiene que, el pueblo afrodescendiente en nuestro país, ha padecido de manera desproporcionada los impactos del conflicto.

Es inevitable traer a la memoria actos atroces como la masacre de Bojayá, el despojo de territorios, asesinatos de líderes y lideresas afro y desplazamientos forzados de millones de personas afrocolombianas, hasta al punto de convertir a esta población, que mayoritariamente fue rural, en urbana en menos de dos décadas.

Pues bien, esta coyuntura histórica pone en nuestras manos una posibilidad real y concreta de cambiar la trágica historia de violencia que ha consumido la vida de cientos de miles de personas en nuestra edad republicana. Estamos a punto de dar el giro hacia una sociedad más civilizada que dirima sus conflictos a través del dialogo y el respeto hacia la diferencia. Con el firme convencimiento de que dialogando se disipan los odios y los miedos que traen consigo las balas, abrimos nuestras mentes y corazones para dejar fluir las ideas que de ahora en adelante, construirán la política y transformaran las vidas de los ciudadanos y ciudadanas de Colombia. Así que, como pueblo afrocolombiano decidimos continuar sin vacilaciones en el camino de la esperanza, creyendo en el perdón como una de las claves para construir un país más incluyente y próspero.

Entendemos entonces a este proceso de paz como la negociación más inteligente entre el gobierno colombiano y un grupo armado como las FARC, en favor de las víctimas. Hecho que no significa la eliminación de las FARC, como lo expresan algunos sectores de la sociedad colombiana. Ciertamente este pacto es la posibilidad más cercana hacia la transformación de este grupo, en un nuevo sujeto político sin armas. Quiere decir que estamos ante un gran desafío que implica ineludiblemente la ampliación o tal vez la construcción de la democracia en Colombia.

Por lo tanto, como pueblo afrocolombiano, que ha construido paz en tiempo de conflicto, debemos asumir el reto de aportar a la edificación de un mejor futuro para nuestro país desde este nuevo presente. La consigna es, seguir aportando a la reestructuración de la democracia. Una democracia que también sea negra, puesto que esta no solo se mide por el número de actores que tenga, sino también por los colores que la dibujen.

Sin embargo, en plena víspera de la implementación de los acuerdos de paz, nos preocupan enormemente el fortalecimiento y la creación de facciones violentas que pretenden el control territorial. Más aún las amenazas, persecuciones y asesinatos a nuestros líderes y lideresas en los últimos meses. Además, nos resulta difícil entender que sectores de la sociedad colombiana se resistan a los cambios en la democracia, a aquellos que no comprenden la importancia de contar la verdad, salvar vidas y restituir a las víctimas; a quienes pese a las innumerables violaciones a los derechos humanos durante el conflicto armado, mantuvieron el statu quo, ocultando tal vez a quienes se beneficiaron de la guerra.

Por esta razón, instamos al Estado colombiano a afrontar con determinación a los agentes y factores que originan estas violencias en los territorios de nuestras comunidades. Nos urge la implementación ética de una política civilizada, democrática y con profundo respeto hacia la diferencia; sin odios y, sobre todo, sin armas. Desde la ancestralidad, nuestro pueblo ha sido embajador de la política del amor, alegría y el dialogo; de este modo hemos tejido las relaciones con el territorio y con las personas. De manera que, la experiencia en re-existencia y la recursividad para resignificarlo todo pese a la adversidad, será nuestro mayor aporte en la culminación de este proceso de paz.

Como víctimas del conflicto, pero también como actores de paz, seguiremos honrando la memoria de nuestros ancestros y reivindicando su mayor legado: la libertad. Creemos que, un país que respete nuestra herencia, puede ser un país que empiece a dar pasos hacia la paz. Entendiendo que, la ampliación de la democracia no se restringe solamente a un acuerdo entre las partes en conflicto y a la modificación o implementación de ciertas normas, sino también la transformación de prácticas e imaginarios que posibiliten asumirnos como la sociedad diversa que somos en lo político, lo cultural y lo social.